Algún tiempo había pasado, pero no había sanado nada.
Tomás seguía sin lograr acercarse a Alma. Había intentado mensajes breves, llamados prudentes, incluso silencios respetuosos, pero ella no respondía. No insistía por desesperación, sino por miedo a hacerle más daño. Entendía —demasiado tarde— que Alma llevaba mucho tiempo rota por dentro. Tampoco quiso aparecer de nuevo en su casa, enviaba regalos pero nunca obtenía respuestas, sentía que el tiempo se estaba agotando pero no sabía qué hacer.