Mateo abrió los ojos lentamente.
Durante unos segundos no se movió.
Alma estaba recostada junto a él, mirando el techo en silencio, con la luz suave de la mañana entrando por la ventana. Su cabello se esparcía sobre la almohada y el sol iluminaba suavemente su rostro.
Mateo sintió una calma profunda.
Había soñado con ese momento durante años.
Y ahora estaba ahí… con la mujer que amaba, entre sus brazos.
Alma notó su mirada y giró un poco la cabeza hacia él.
Sonrió.
—Buen día.
Mateo le devolvió