La mañana en la casa grande de los Beltrán amaneció extrañamente silenciosa.
Elena llevaba más de una hora sentada en la mesa del comedor con una taza de café que ya estaba frío. Había pasado la noche prácticamente sin dormir. Cada vez que cerraba los ojos volvía a ver la escena del día anterior: Tomás furioso, Mateo defendiéndose, Clara llorando.
Aquello no era lo que había imaginado para sus hijos.
Escuchó pasos acercándose por el pasillo y levantó la mirada.
Mateo apareció en la puerta de la