—¡Por fin el último informe terminado! ¡Soy libre por hoy!—grita Suzy estirándose en su asiento.
En la ciudad que no duerme, la tarde cae con una luz dorada que pinta los ventanales de la oficina de Suzy.
La Bulla del tránsito es música para sus oidos. Afuera, el cielo parece mantequilla derretida, y ella, con su carpeta en una mano y su bolso en la otra, camina directo hacia el ascensor mientras su asistente le sigue los pasos.
—¿Agenda para mañana? —pregunta Amelia, con su pastilla inflable.