No sé cómo pasó, pero desde que nos quedamos encerrados en ese almacén helado del dojo, con nuestros cuerpos entrelazados como si fuésemos dos piezas de rompecabezas hechas a medida, algo en mí cambió.
Quizás fue su voz grave susurrándome mantras mientras yo me deshacía en lágrimas por una pesadilla. O tal vez fue la forma en que me abrazó como si fuera el centro de su universo, y no una CEO estresada con maquillaje a medio borrar.
Lo cierto es que ahora, cada hora, no está sin escuchar su voz