Lionetta se separó de Angelo con la respiración agitada y le regaló una sonrisa. Se incorporó apoyándose sobre su pecho y tomó una camiseta del borde de la cama —una de tantas que alguna vez fue de él, pero de la que ella se había adueñado—. Se la pasó por la cabeza y la arrojó sin mirar dónde caía, quedando cubierta únicamente por sus bragas.
Angelo soltó un gemido ronco al ver sus senos al descubierto. Sus manos, grandes y ansiosas, los cubrieron con una caricia posesiva y, al mismo tiempo, d