No había dormido bien. Entre sueños y vigilias, la frase seguía repitiéndose como un eco obstinado.
Cuando salió a la calle aquella mañana, algo en el aire ya era distinto.
El presentimiento llegó antes que el cuerpo.
Primero, una vibración sorda en el pecho, como si el aire se adelantara a la realidad.
Después, un escalofrío breve que no venía del frío.
Lena se detuvo a mitad de la acera sin saber por qué. No lo había visto. No lo había oído.
Pero algo —una presencia, un pulso invisible— le di