En la hacienda Milano Salvatore.
En la habitación de Lucia.
Lucia había dejado de llorar y se terminó de vestir para salir de la habitación.
Ysabelle se acercó a ella.
—Lucia, amiga, ¿cómo estás?
Lucia sonrió.
—Bien.
—¿Quieres desayunar? —le preguntó Ysabelle.
—No, no tengo mucha hambre —contestó seria.
—Lucia, estás bien, es que te noto rara —dijo Ysabelle, preocupada.
—Estoy un poco decepcionada, nada más —confesó con una leve sonrisa.
—¿Y eso?, ¿qué te pasó? —le preguntó alarmada.
—No quiero