Encontré a Waldo almorzando solo en la cafetería del diario. Yo había llevado mi merienda, un delicioso estofado de pollo, un pan y gelatina. Era mi oportunidad. Él estaba comiendo indiferente, sumido en sus pensamientos, absorto, distendido, extraviado en sus propias preocupaciones. No lo pensé dos veces, jalé una silla y me senté a su lado sin decirle nada, je. -¿Te importa?-, le dije riendo muy coqueta, abanicando mis ojitos, poniendo la carita de tontita. Waldo regresó de su viaje por el e