Rebeca y Trevor hicieron el amor en un hotelucho escondido en un barrio distante de la comandancia, muy discreto y reservado, porque no querían dar alas a nadie. Al fin y al cabo la pasión de ellos, les pertenecía y no querían compartir sus emociones con nadie. Lo único que querían era detener el tiempo y entregarse al amor como fieras hambrientas.
Trevor disfrutó de los encantos infinitos, idílicos y deíficos de Rebeca, de sus pechos flotando como grandes globos, palpitando al mismo compás