Ese lunes que descansamos en el diario, Waldo y yo, fuimos en el auto de mi enamorado a Stone Valley. Ya imaginarán. Yo parecía una mascota feliz de que me llevan a pasear. Brincaba en el asiento, miraba por la ventanilla, me reía, hacía bromas tontas, me rascaba los pelos, volvía a reír y estaba sumamente nerviosa. Le pregunté cien veces a Waldo si ya íbamos a llegar y no dejaba de interpelarlo si es que los licántropos me tratarían bien, si estaría entre ellos Elías Garret, si conocería a lo