Empecé a comprender bien a Waldo, su humor, su vehemencia, su forma de ser a veces taciturno, enamorado de la Luna y la quietud de la noche, otras ocasiones festivo, aullando eufórico, también de su pasión por las carnes crudas y su afán siempre de volverse un cánido cuando hacíamos el amor, en los momentos más excitantes e intensos nuestros en la cama, bajo los edredones. Su humor era muy extraño, a veces igual si estuviera midiendo el tiempo, las distancias o sumergiéndose en el vacío y ot