Acepté la propuesta de David con una emoción que no podía contener. Me sentía llena de esperanza, como si todo finalmente estuviera encajando. La expresión de David mostraba la misma alegría, y no pude evitar reír de felicidad. En ese momento, él se inclinó hacia mí y, con una mirada traviesa, me preguntó:
- ¿Ya te sientes mejor?
Asentí, sin poder contener mi entusiasmo.
- ¿Tienes hambre? Me sentía hambrienta, no solo de comida, sino de esta nueva vida que estábamos a punto de construir juntos.