Esa voz hizo que me diera la vuelta inmediatamente, mis ojos encontrándose con los suyos. Allí estaba él, de pie en el umbral de la puerta, con los brazos extendidos hacia mí, su expresión llena de comprensión y consuelo. David había venido, como siempre lo hacía, en el momento en que más lo necesitaba. Sin pensarlo dos veces, me levanté y corrí hacia él, lanzándome a sus brazos.
En cuanto me abrazó, sentí que todas las defensas que había construido durante la reunión se desmoronaban. Dejé sali