Ajusté la carpeta bajo el brazo por tercera vez mientras caminaba hacia la pequeña galería del centro. Las ilustraciones que llevaba dentro eran lo mejor que había creado en años: trazos delicados de mujeres que se transformaban en aves, jardines cuyas raíces se convertían en alas. Nada grandioso. Solo mío.
La dueña, una mujer de unos cincuenta años con lentes de montura roja, me recibió con una sonrisa profesional.
—Muéstrame qué tienes.
Abrí la carpeta sobre la mesa de madera clara. Mis manos