Mundo de ficçãoIniciar sessãoLa luz de la lamparita de dinosaurios proyectaba sombras suaves en las paredes de la habitación de Caleb. Habían pasado tres semanas en la casa nueva y ya empezaba a sentirla menos prestada. Me senté en el borde de su cama, como cada noche, con el libro de piratas abierto sobre las rodillas.
—…y entonces el capitán clavó la espada en el mapa —leí, bajando la voz para el dramatismo—. «Aquí está el tesoro, piratas».
Caleb no rio como otras veces. Se quedó mirando el techo, los dedos jugueteando con el borde de la sábana.
—Mami…
—¿Sí, mi amor?
Se incorporó sobre los codos. Sus ojos, estaban serios de una forma que no correspondía a sus nueve años.
—¿Por qué ya no vives con papá?
La pregunta cayó entre nosotros como una piedra en agua quieta. Cerré el libro despacio, ganando tiempo. El nudo que había empezado a aflojarse en mi pecho se apretó de nuevo.
—Es complicado, cielo.
—Pero antes vivíamos todos juntos —insistió, la voz más baja—. ¿Hice algo malo?
El golpe fue tan directo que por un segundo no pude respirar. Dejé el libro en la mesita y me giré completamente hacia él.
—Tú no hiciste nada malo. Nada. Esto no tiene que ver contigo.
—Entonces ¿por qué? —Sus ojos se llenaron de lágrimas que no caían todavía—. En la escuela, Mateo dice que cuando los papás se separan es porque ya no se quieren. ¿Tú ya no quieres a papá?
Sentí que algo se rompía dentro de mí. No con ruido, sino con un crujido silencioso y profundo. Lo atraje hacia mi pecho y lo abracé fuerte. Su cuerpecito temblaba.
—Quiero mucho a tu papá —susurré contra su cabello, que aún olía a champú de manzanilla—. Pero a veces los adultos se quieren de una forma que no funciona para vivir juntos. Nos peleábamos mucho sin que tú lo vieras. Y yo… necesitaba aprender a estar bien conmigo misma.
Caleb enterró la cara en mi hombro. Entonces llegaron las lágrimas de verdad: sollozos fuertes, mojados, de esos que sacuden todo el cuerpo.
—No quiero que se peleen más —lloró—. Quiero que estemos los tres otra vez. Como antes.
—Lo sé, mi amor. Yo también quisiera que fuera fácil. Pero a veces las familias cambian de forma. Y aunque papá y yo ya no vivamos en la misma casa, te seguimos queriendo más que a nada en el mundo. Eso no va a cambiar nunca.
Se aferró a mi camiseta con las dos manos, como si tuviera miedo de que yo también desapareciera. Lo mecí suavemente, canturreando la misma canción tonta que le cantaba cuando era bebé y le dolían las encías. Poco a poco los sollozos fueron calmándose, convirtiéndose en hipidos irregulares.
—¿Papá va a tener otra esposa? —preguntó en un hilo de voz.
El dolor fue agudo, pero lo contuve.
—No lo sé, cielo. Pero si algún día pasa, tú seguirás siendo lo más importante para él. Y para mí.
Caleb se quedó callado un largo rato. Finalmente se apartó un poco, con los ojos hinchados y la nariz roja.
—¿Puedo dormir contigo esta noche?
—Claro que sí.
Lo llevé a mi cama, todavía sin cabecera y con sábanas que no hacían juego. Se acurrucó contra mí, su cabeza bajo mi barbilla. Su respiración tardó en hacerse profunda y regular.
Yo no dormí.
Me quedé mirando la oscuridad, sintiendo el peso cálido de mi hijo contra el costado y el peso mucho más grande de la responsabilidad sobre los hombros. No tenía todas las respuestas. Ni siquiera tenía la mitad. Pero por primera vez no intenté fingir que las tenía.Mañana llamaría a la doctora Rivera para pedir una cita más pronto. Mañana le escribiría a Isaías para coordinar cómo explicarle esto juntos, sin culpas. Mañana intentaría pintar otra vez, aunque saliera mal.
Esta noche solo lo abracé más fuerte.
Y eso, por ahora, era suficiente.







