Capítulo 13: El dragón que él compró
No había planeado ir a terapia. Nunca. Para mí, los hombres como yo —los que cargaban tatuajes como armadura y el apellido Domínguez como un escudo— no se sentaban en sillones de cuero a llorar por el pasado. Pero esa tarde, después de la galería y de ver cómo Mariel escupía su veneno delante de todos, algo dentro de mí se rompió con un sonido sordo, definitivo. Como si el dragón que Edith había pintado me hubiera mirado a los ojos y me hubiera preguntado: ¿hasta cuándo seguirás siendo el monstr