El aula olía a trementina, café viejo y posibilidades. Llegué quince minutos antes, con el pulso acelerado como si fuera una estudiante en su primer día de verdad. Elegí un caballete junto a la ventana, donde la luz de la tarde entraba oblicua y cálida, y extendí mis óleos con manos que todavía guardaban el temblor de la duda.
Julio Montes comenzó la clase con voz grave y sin prisa.
—No busquen perfección. Busquen verdad. El óleo guarda memoria: cada capa que pongan hablará de lo que sentían cua