Los días después del accidente fueron una pausa obligada. El médico me impuso reposo absoluto durante una semana, y obedecí, aunque la quietud de la casa nueva a veces me pesaba más que el dolor en las costillas.
Caleb se convirtió en mi rutina más dulce y caótica. Cada mañana preparaba desayunos desastrosos: cereales flotando en charcos de leche, tostadas quemadas que él presentaba con orgullo.
—Para que te cures rápido, mami —decía, y pegaba otro dibujo en la nevera: dragones con alas torcidas