En su mente, Isabela estaba atrapada en un lugar oscuro. No había luz, no había salida. Sus manos temblaban mientras intentaba orientarse en la penumbra, pero todo lo que tocaba era frío y áspero. Sentía el suelo bajo sus pies, duro y helado, y un eco distante resonaba con cada paso que daba.
“¿Dónde estoy?” murmuró, su voz temblorosa. Pero no hubo respuesta.
De repente, sintió algo en su mano: un objeto frío y ligeramente cortante. Miró hacia abajo y vio que sostenía un tazón roto. La cerámica