La noche había caído hacía horas, y el aire pesado parecía reflejar la tensión que se avecinaba. Khalid estaba de pie junto a la ventana, observando la oscuridad exterior con el ceño fruncido. Su mandíbula estaba apretada, y sus manos se cerraban en puños a los costados. Había enviado a buscar a Diego, y ahora esperaba. No porque quisiera hablar con él, sino porque sabía que debía hacerlo.
Desde que Isabela había despertado gritando, clamando por un bebé perdido, Khalid no había podido encontra