Cuando Samira terminó de leer, dejó caer la carta sobre la mesa y llevó una mano a su pecho. El dolor que sentía era inesperado, profundo. Había aprendido a querer a Isabela, a verla como una hija, y ahora esa hija se había marchado sin decir adiós.
—¿Qué sucede, madre? —preguntó Khalid, entrando en el pasillo. Al ver la expresión en el rostro de Samira y la carta en su mano, supo de inmediato que algo estaba mal.
Samira no pudo responder. Simplemente le entregó la carta, y Khalid la tomó con m