Diego caminaba de un lado a otro en el pasillo, con las manos en los bolsillos y la cabeza baja. Había pasado toda la noche sin dormir, atormentado por las palabras de Isabela, por el dolor en sus ojos, por la sangre que había visto salir de sus labios. Cada imagen, cada recuerdo, era como una daga que se clavaba más profundamente en su corazón.
"¿Cómo llegamos a esto?", pensó, deteniéndose frente a una ventana. "¿Cómo permití que las cosas llegaran tan lejos? Todo lo que quería era protegerla.