El aire pesado del atardecer envolvía la ciudad cuando Diego llegó al apartamento de Isabela. Había pasado toda la tarde con los papeles del divorcio en las manos, incapaz de firmarlos. Cada palabra del contrato parecía un golpe directo al pecho, una sentencia que marcaba el fin de algo que, en algún momento, había sido lo más importante de su vida. Pero ahora, frente a la puerta de Isabela, toda esa mezcla de emociones "ira, tristeza, celos y confusión" lo consumía por completo.
Golpeó la puer