Valentina
La casa de los abuelos de Adonias estaba vacía.
Era grande, vieja, con un jardín que alguien dejó de cuidar hace tiempo y una puerta abierta. Dijo que sus abuelos vivieron ahí antes de mudarse a Sídney y que la propiedad quedó como casa de vacaciones que nadie usaba.
Entramos los tres. Polvo en los muebles. Sábanas cubriendo los sofás.
—Adam es un idiota —dijo Adonias dejando caer su mochila en el suelo—. Si me hubiera contado lo que planeaba, habríamos venido juntos. Habríamos buscad