El Umbral de la Medianoche

 

—Oye, ¿qué te pasa?

Una voz familiar rompió el silencio del corredor ejecutivo. Me sobresalté y volteé de inmediato hacia el origen de aquella voz. Presa del pánico, me limpié las lágrimas de las mejillas con brusquedad, usando el dorso de la mano, y enseguida me forcé a esbozar una sonrisa tenue frente al hombre al que conocía muy bien: Lio, el asistente personal de Javier.

—Camila, ¿qué haces aquí? —preguntó Lio sorprendido en cuanto me reconoció. Me recordaba porque en varias ocasiones habíamos intercambiado saludos cuando él visitaba la casa por asuntos de trabajo de Javier.

—Es que, Lio, venía a entregar este informe financiero a la oficina del señor Javier —expliqué con la voz algo ronca, mostrando la gruesa carpeta que llevaba abrazada con fuerza desde hacía rato.

—¿Ahora trabajas aquí? —preguntó, como para confirmar lo que veía.

Asentí despacio con la cabeza, tratando de actuar con la mayor naturalidad posible. —Sí, hoy es justo mi primer día en la división de marketing —respondí.

Lio solo asintió comprensivo mientras extendía la mano para recibir la carpeta de mis brazos. —Ah, ya veo. Bueno, deja que yo la entregue adentro. Por cierto, al mediodía voy a estar libre, ¿quieres almorzar conmigo?

Al escuchar su invitación, por supuesto negué con la cabeza de inmediato. No quería que ni una sola persona en aquella oficina se enterara de mi relación con Javier. Para mantener una distancia prudente, decidí no entablar cercanía con nadie del entorno laboral, ni siquiera con el asistente personal de mi propio hermano adoptivo.

—Gracias por la invitación, Lio. Pero creo que voy a almorzar con mis compañeras —rechacé de la manera más suave posible, antes de despedirme para bajar de inmediato al piso de abajo.

* * * *

Aquella noche, el ambiente en la casa Villareal se sentía distinto. La cena, que solía ser cálida, se había convertido en un escenario de teatro que torturaba mi alma.

—¿Cómo te fue hoy en el trabajo, hija? ¿Todo bien? —preguntó Mamá con dulzura, en medio de la cena familiar.

Sonreí dulcemente, esforzándome al máximo por mostrar una expresión como si estuviera feliz con mi primer día. —Bien, Ma. Todos en el equipo de marketing son muy amables y me han guiado bastante —respondí con calma.

—¿Camila trabaja? ¿Dónde? —preguntó Adriana, quien esa noche, para mi sorpresa, también estaba presente cenando con nosotros en casa.

—Trabaja en la empresa de Javier, Adriana. Hoy es su primer día como personal de marketing —explicó Mamá con orgullo.

Solo esbocé una leve sonrisa mientras asentía cortésmente hacia Adriana. Detrás de aquella sonrisa, mi pecho aún se sentía oprimido y con un dolor tremendo cada vez que el recuerdo de lo ocurrido esa tarde en la oficina de Javier volvía a dar vueltas en mi cabeza.

—Amor, ¿por qué no me dijiste nada? —exclamó Adriana con mimo, aferrándose al brazo de Javier, que estaba sentado a su lado—. Si hoy mismo fui a visitar tu oficina. Si me hubieras avisado, habría podido pasar a saludar a Camila también.

Javier dejó la cuchara y el tenedor sobre el plato, produciendo un tintineo bastante fuerte. Me miró un instante con una expresión difícil de descifrar, y luego volvió a fijar la vista en Adriana. —¿Para qué? Ella fue ahí a trabajar, no a jugar —respondió con frialdad, levantándose de inmediato de su silla—. Ya, vamos, te llevo a casa ahora mismo —añadió con aquel tono de barítono absoluto que no admitía réplica.

—Uy, pero si todavía te extrañaba. Si acabo de volver de Francia, amor —se quejó Adriana, haciendo un puchero con mimo.

—Por eso, cásense pronto, así podrán estar juntos todos los días —comentó Mamá, provocándolos entre risitas.

—Yo quisiera que fuera lo antes posible, tía. Pero es Javier el que lo pospone a propósito —se quejó Adriana con expresión enfurruñada, mirando de reojo a Javier, que permanecía de pie junto a la mesa.

—Por eso, si quieres casarte, deja tu trabajo de modelo. No quiero que, después de casarnos, sigas ocupada yendo y viniendo al extranjero —interrumpió Javier con firmeza, exigiendo un compromiso total de su futura esposa.

—Pero es que ya firmé un contrato, Javier.

—Puedo pagar toda la compensación a tu agencia —respondió Javier con ligereza, exhibiendo su inagotable poder financiero.

Mamá asintió de acuerdo. —Lo que dice Javier es cierto, Adriana. Javier sin duda puede costear todas tus necesidades sin que tengas que esforzarte más trabajando. En lugar de perseguir una carrera con tanto esfuerzo, es mejor que te concentres en prepararte. Y ni hablar de cuando quedes embarazada.

—Está bien. Después le daré muchos nietos, tía —exclamó Adriana alegremente, volviendo a abrazar el brazo de Javier con cariño, antes de que ambos salieran caminando hacia el auto.

Aquella frase hizo que mi pecho se oprimiera todavía más. ¿Muchos hijos? Eso significaba... que tenían relaciones íntimas con frecuencia, ¿verdad? Mi mente enseguida divagó sin control, imaginando a Javier tocando el cuerpo de otra mujer de la misma manera que en mis sueños. Los celos y la náusea se mezclaron en uno solo, haciéndome casi ahogar de dolor.

* * * *

—Ah... sí, me encanta cómo me tocas, Javier. Tócame aquí... más profundo, Javi...

Volví a desvariar sobre la cama. En mi mundo subconsciente, los labios de Javier recorrían de nuevo la superficie de mi piel, dejando una sensación ardiente y adictiva. Sus manos se movían despacio pero con exigencia, apretando mi pecho con posesión, mientras sus labios jugaban en mi zona sensible con tanta destreza y suavidad. Amaba cada centímetro de aquel toque embriagador.

—Javier, te deseo. Quiero quedar embarazada de tu hijo... —susurré en mi sueño, suplicándole con desesperación que se colocara de inmediato sobre mí y uniera nuestros cuerpos.

Pero justo cuando sentí la sensación de unión tan real, al borde del clímax, mis ojos se abrieron de par en par de golpe.

Jadeaba, con la mirada fija en el techo oscuro de mi habitación. Mi corazón latía con fuerza como un tambor de guerra, alterando el ritmo de mi pecho, que subía y bajaba en busca desesperada de aire. ¡Maldición! Resultaba que había vuelto a tener un sueño erótico con él, una vez más, quién sabe por cuántas veces ya.

Sintiendo la garganta reseca y ardiente por la intensidad de aquel sueño, decidí levantarme de la cama. El reloj de pared marcaba las dos de la madrugada. Normalmente dormía profundamente hasta la mañana, pero esa noche la imagen de Javier había alterado por completo todo mi sistema nervioso.

Caminé muy despacio y con cuidado, atravesando la oscuridad de la casa rumbo a la cocina. Necesitaba agua fría cuanto antes para enfriar mi mente, que hervía de frustración. Al llegar frente al refrigerador, tomé de inmediato una botella grande de agua mineral, la abrí con prisa y bebí directamente frente a la puerta abierta del refrigerador, dejando que el vapor frío golpeara mi rostro enrojecido.

Pero, al girarme para regresar a mi habitación, mi cuerpo se congeló al instante. Mi corazón casi se salió de su lugar.

Javier ya estaba de pie, erguido, justo ahí, en la penumbra del umbral de la cocina, observándome con intensidad. Y lo que era mucho peor, aquel hombre no llevaba puesta ninguna camisa. Solo vestía un pantalón de dormir de tela fina de algodón, dejando al descubierto su pecho ancho y firme, su abdomen musculoso, y la silueta robusta de un cuerpo perfectamente esculpido por el ejercicio.

Bajo la tenue luz del refrigerador, tragué saliva con dificultad. De inmediato, el recuerdo del ardiente contacto de mi sueño, que apenas se había desvanecido minutos antes, volvió a girar en mi cabeza, superponiéndose con la figura real de aquel hombre de torso desnudo frente a mí en ese momento.

«¡Maldición! ¿Por qué tenía que aparecer justo en un momento como este?», gritó mi voz interior presa del pánico. El silencio de aquella noche se transformó de golpe en algo sumamente sofocante, cargado de la tensión sexual reprimida entre los dos.

* * * *

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