—Seti, quiero cada rincón de Giza bajo vuestra bota —ordenó el Visir—. La prisión. El puerto. Los mercados. Cada callejón. Duplicad las patrullas. Interrogad a cada sospechoso. Cualquier mensajero, cualquier forastero, cualquier susurro fuera de lugar… quiero que llegue a mis oídos. Que la vigilancia sea implacable. Que el miedo sea vuestro aliado.
Seti asintió, una sonrisa de satisfacción apenas perceptible en sus labios. —Será hecho, mi señor. No habrá un solo movimiento en Giza que no sea de