Capitulo 37

 

Menna estaba sentado en el suelo, con las rodillas pegadas al pecho, su espalda apoyada contra la pared fría. Sus ojos, antes vibrantes y llenos de fuego, ahora parecían absortos en alguna pesadilla invisible. La poca luz que se filtraba por una rendija en lo alto de la celda apenas iluminaba su rostro, demacrado por el encierro y el dolor. Levantó la vista al escuchar el crujido de la puerta, y una chispa de sorpresa cruzó

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