El silencio de la celda de Menna era casi absoluto, solo roto por el incesante goteo del agua y el eco distante de sus propios pensamientos. El tiempo se estiraba, cada minuto una eternidad, mientras Menna visualizaba el pasadizo, el pozo, el túnel que lo llevaría a la libertad y a la casa de Huni.
Sin embargo, a medida que la noche avanzaba, la atmósfera en la prisión pareció cambiar. Los pasos de los guardias se volvieron más frecuentes, el sonido de las armas al chocar en la distancia se h