Neferet intentaba concentrarse en los antiguos textos, buscando cualquier rastro de Huni o de alguna debilidad del visir, pero su mente volaba a Giza.
Una tarde, Neferet sintió una punzada, un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío. Una intuición. Se levantó abruptamente de su mesa, su pluma aún en la mano. Isis, que estaba en un rincón organizando papiros, la miró con sorpresa.
—Escriba Neferet —dijo Isis—. ¿Estás bien? Te veo... agitada.
Neferet se acercó a la joven acólita.