El sol se filtraba apenas por una pequeña rendija en lo alto del muro. En el sombrío aislamiento de la Prisión del Faraón, los días se confundían con las noches para Menna. El silencio era casi tan asfixiante como el calor del desierto, solo roto por el constante goteo de agua en un rincón y los pasos lejanos de los guardias.
Menna se sentaba en el frío suelo, con las rodillas pegadas al pecho, sus ojos fijos en la nada. La imagen de Neferet, tan vibrante y llena de luz, ahora se sentía distant