El restaurante era discreto, de luces bajas y mesas separadas por cortinas de terciopelo. Gloria lo esperaba ya sentada, un vestido negro ceñido. No parecía la mujer histérica arrastrada por el pelo horas antes. Era calma hecha persona, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos fríos.
Esteban llegó con la rigidez de quien concede un favor, su traje impecable una armadura contra el mundo. Pero en cuanto se sentó, Gloria comenzó a desmontarlo pieza a pieza. No habló de negocios ni de dramas. Habl