El aire en la sala de partos era denso, cargado de los gritos desgarradores de Gloria y el olor metálico de la sangre. Ricardo permanecía de pie en un rincón, observando la escena con la distancia de un director de teatro, impasible ante el dolor que contorsionaba el rostro de la mujer. Hasta que, por fin, un llanto agudo y vigoroso llenó la habitación.
—Es un niño —anunció la doctora, sosteniendo al recién nacido. Se giró hacia Ricardo, asumiendo su papel. —¿El padre quiere cortar el cordón