La puerta de la habitación de hospital se abrió con suavidad. Dario Silver entró, su maletín en una mano y una expresión de determinación cansada en el rostro. Elías, que miraba por la ventana, se volvió hacia él, una pregunta muda en sus ojos grises.
—Elías —comenzó Dario, acercándose a la cama—. He presentado la solicitud de arresto domiciliario. Estoy intentando por todos los medios sacarte de aquí para que puedas esperar el juicio en casa.
Elías asintió lentamente. Lo había esperado.
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