Mundo ficciónIniciar sesión“No hay amores imposibles, tan solo existen algunos más complicados que otros.” Esa es la frase en la que más creo en toda mi vida. Mi vida era muy tranquila antes de ella, estaba dedicado a mi carrera y entrenaba mucho para seguir siendo uno de los mejores jinetes de España. Sin embargo, todo cambio el día que la conocí. La ganadora de ese concurso para entrenar conmigo y en caso de ser buena continuar hasta correr una carrera profesional, resulto ser la persona que revoluciono mi mundo entero. Sin embargo, en el momento que descubrí nuestra diferencia de edad, pensé que ella era un amor imposible. Con lo que nunca conté, es con que el amor fuera más fuerte que todo, incluso que mi mismo. Mi nombre es Leonel Ritter, la mujer que revoluciono mi vida se llama Sinai Feraud, y esta es nuestra historia de amor, uno de esos que supuestamente es imposible.
Leer más— ¡Número 7! ¡Tu cama no está arreglada según los estándares!
Escuché ese grito mientras estaba agachada en el rincón del lavadero, ayudando a Nora a limpiar las sábanas mojadas. Mi espalda se tensó al instante y mis dedos se apretaron involuntariamente en el barreño de agua. En el Orfanato La Trinidad, nadie me llamaba Emma, solo me conocían por un frío número: el 7.
— Sí, señora —respondí sin pensar.
— ¡Ahora! ¡Inmediatamente! —Los tacones de la señora Bernarda marcaban un ritmo furioso en el suelo—. ¿Quién te crees que eres para hacerme esperar?
Exprimiré rápidamente las sábanas y las colgué en el tendedero interior. Nora, de solo diez años, temblaba en un rincón, con dos líneas blancas en su rostro sucio, marcadas por las lágrimas.
— No tengas miedo —le susurré al pasar, rozando su cabello—. Esta noche te traeré pan.
No era la primera vez que Nora se orinaba en la cama, ni sería la última. Pero cada vez que ocurría, la encerraban en el oscuro confesionario durante todo el día, sin comida ni agua, solo con rezos interminables y miedo. Cuando tenía trece años, asumí su castigo por primera vez, y desde entonces me convertí en su protectora.
Corrí de vuelta al dormitorio. Mi cama, en realidad, ya estaba bastante ordenada: la manta gris estirada, la delgada almohada en su lugar asignado.
—Acuéstate boca abajo —ordenó la señora Bernarda, sacando una delgada vara de su cintura.
Me mordí el labio inferior y obedecí, apoyándome en el borde de la cama. Cuando el primer golpe cayó, contuve el aliento y clavé las uñas en las grietas de la madera. El dolor se extendió por la parte posterior de mis muslos.
— Cinco golpes, para que recuerdes la importancia de las reglas —dijo la señora Bernarda con un tono de satisfacción—. Este orfanato no necesita niñas desobedientes.
Conté cada golpe, con los ojos secos y ardientes. Hacía tiempo que ya no lloraba por los castigos. Las lágrimas eran un lujo aquí, solo atraían más burlas y dolor. Cuando terminaron los cinco golpes, me levanté mecánicamente y volví a arreglar la cama, esta vez de manera impecable.
—Ahora ve a la cocina a ayudar —asintió la señora Bernarda, satisfecha—. Pela todas las papas antes de la cena, y no me hagas llamarte otra vez.
—Sí, señora.
Caminé rápidamente hacia la cocina con la cabeza baja. Al pasar frente al espejo descascarado del pasillo, miré mi reflejo: una chica de diecisiete años, con el cabello castaño recogido en una trenza estricta, el uniforme gris colgando sobre un cuerpo delgado y sombras oscuras bajo los ojos. En tres meses cumpliría dieciocho años y, por ley, podría irme de este infierno.
En la cocina, pelé papas mecánicamente, pero mi mente estaba lejos. Recordaba el día en que me trajeron aquí a los ocho años, después de que mis padres murieran en un accidente. Los primeros años, lloraba en silencio por las noches, soñando que alguien vendría a buscarme. Ahora solo soñaba con una cosa: la libertad.
—¿Ya terminaste con las papas, Número 7? —Una voz grave resonó en la puerta, y el cuchillo se deslizó, cortándome el pulgar.
Don Martín, el director del orfanato, se apoyó en el marco de la puerta mirándome. Este hombre de cuarenta y tantos años siempre vestía trajes demasiado ajustados, con el cabello engrasado y peinado con perfección. Sus ojos brillaban con algo que me helaba la sangre.
—Casi, señor —dije, escondiendo rápidamente el dedo sangrante tras la espalda.
Don Martín entró lentamente y se paró demasiado cerca de mí. Podía sentir su colonia barata mezclada con un olor a podredumbre.
—En tres meses cumplirás dieciocho —susurró cerca de mi oído—. ¿Has pensado qué harás cuando te vayas?
Mi espalda se tensó aún más: "Encontraré un trabajo, señor."
—El mundo exterior es peligroso, especialmente para chicas… bonitas como tú —dijo, posando una mano en mi hombro, sus dedos rozando mi clavícula—. Quizá podrías quedarte… a ayudarme con ciertos asuntos privados. Te daría una… compensación especial.
Un asco repentino subió por mi garganta. En los últimos meses, los "intereses" de Don Martín se habían vuelto más obvios. La semana pasada, "accidentalmente" me empujó en el pasillo, con su mano "cayendo" sobre mi pecho. El mes pasado, insistió en revisar si escondía algo y me obligó a quitarme la chaqueta, dejándome solo en ropa interior.
—Gracias por su oferta, señor —dije, alejándome con cuidado.
El rostro de Don Martín se oscureció: "Ingrata." Me agarró bruscamente de la barbilla. "¿Crees que al irte podrás escapar de mí? Tengo formas de encontrarte, perra. Recuerda: aquí, yo mando."
Me soltó y salió de la cocina con arrogancia. Mis piernas temblaban tanto que tuve que apoyarme en la mesa para no caer. La sangre en el cuchillo ya se había secado, convirtiéndose en una mancha marrón. Miré esa mancha y un pensamiento se hizo cada vez más claro en mi mente: tal vez no podría esperar tres meses.
Esa noche, acostada en mi cama dura, escuchaba la respiración de las otras niñas en el dormitorio. La luz de la luna entraba por las rejas. Con cuidado, saqué un papel arrugado de debajo del colchón: "Plan de escape".
El plan era simple: el día de mi cumpleaños número dieciocho, aprovecharía el viaje a la oficina gubernamental para tramitar mi identificación y huir. Pero ahora ese plan parecía ingenuo. La mirada de Don Martín me decía que no me dejaría ir fácilmente.
¿Y si no llegaba a los 18?
¿Qué pasaría si Don Martín decidía que no podía esperar más?
¿Qué pasaría si un día no lograba esquivar sus avances?
¿Qué pasaría si entraba sola a una habitación y salía sintiéndome diferente?
Mi estómago se revolvió. No podía esperar tres meses.
Con él ahí, la amenaza era cada vez más real. Era imposible. Pasé la noche en vela hasta el amanecer. Cuando los primeros rayos de sol entraron en el dormitorio, tomé una decisión:
No a los dieciocho. No en tres meses.
Sería en unos días. Me iría de este infierno.
Di vuelta al papel y escribí: "Plan de escape".
Esta vez no habría espera. Solo acción, así que hice un inventario de mis escasos recursos:
Veinte dólares escondidos en una tela (ahorrados poco a poco de la caja de la cocina).
Un cambio de ropa.
Un cuchillo pequeño robado de la cocina.
Y el conocimiento de las rutinas del orfanato y sus puntos ciegos.
Cuando comencé a escribir este libro, lo hice como una manera de demostrarle a tu madre lo mucho que la he amado siempre y solo buscaba que el día que le pedí matrimonio, ella entendiese que no era solo una propuesta por el impulso del momento. Quise que tu madre volviera a revivir lo que fue nuestra hermosa historia de amor, una que nos costó mucho crear al principio.Lo que nunca llegue a imaginar, es que un día me atreviese a entregártela a ti el día de tu boda hija mía. Siempre seguirás siendo mi princesa y la niña de mis ojos. Siempre seguirás siendo aquella pequeña niña que tanto hemos cuidado con tus dos hermanos, y a pesar de que hoy iniciaras una nueva vida junto a Marcos, quiero que sepas que siempre podrás contar con nosotros.
Las competencias por Estados Unidos terminaron, solo me quedaban esos últimos compromisos en España en el mes de diciembre y ese tiempo de descanso nos hizo muy bien. El cuarto de Samay ya estaba decorado con sus muebles en color gris y detalles en rosa; no hubo cosa que no comprásemos para ella, nos encantaba ir de compras para nuestra bebé. Siempre recuerdo el enfado de nuestras familias, ya que no sabían que regalarle a nuestra hija. "Si es que ustedes ya le han comprado todo" se quejaba mi hermana y solo podíamos reírnos de su cara de frustración.Pasaron las semanas y tuve que viajar a Madrid para aquel último compromiso del en aquella ciudad. Te rogué que te quedaras en Barcelona con la excusa de que no quería que viajases
Después de que todo se acomodara en su sitio, y que nuestras familias apoyasen con entusiasmo la llegada de nuestro primer hijo, te vi más feliz que nunca. Pareciera ser que eso es lo que te hacía falta para que estuvieses en paz con tu embarazo, con nuestro amor, y con seguir el rumbo de los viajes que de a poco iban restando paradas de su camino.Recuerdo perfectamente que fue en aquel amanecer en Murcia antes de la segunda tarde de competencias en aquella ciudad y la ultima de los viajes por España cuando me gritaste desde el baño haciendo que casi muera de un infarto. Entre desesperado, creyendo que te había sucedido algo, pero solo te vi parada frente al espejo con tan solo una diminuta braga puesta y con tus manos sobre tu vientre. "¡Amor, mira!" Dijiste entusiasmada "¡Ya se nota mi panza!" Continuaste diciendo y sin poder evitarlo me arrodille frente a ti y bese a nuestro bebé. "Pero mira a
[SINAÍ]Al día siguiente: 21 de agostoNo puedo creer que mi esposo se haya reusado ha que nos ducháramos juntos como lo hacemos la mayoría de las veces. Todo porque estamos en casa de mis padres... Rio ante su actitud de niño pequeño y después de haberme duchado, me cambio y salgo de la habitación para ir a desayunar con mis padres mientras que él termina de alistarse.Debo admitir que me causa mucha gracia la manera que lo cohíbe estar con mi familia; supongo que aun les tiene mucho respeto... aunque bueno, lo de anoche estuvo demasiado bueno. Él lleva
[LEONEL]20 de agostoSí que estoy nervioso, le hemos dicho a sus padres que vendríamos a visitarlos por tres días, pero, jamás le mencionamos que veníamos para darle una noticia y menos la noticia de que serán abuelos. Sé que les sorprenderá y que quizás crean que no es el momento adecuado, pero, al menos no pueden reclamarnos de que no estamos casados —Mi amor, tranquilízate. — Me pide mientras atravesamos el aeropuerto de Berlín que tantos buenos recuerdos nos trae de nuestro primer encuentro clandestinos.— ¿Tú pidiéndome que me tranquilice? Si es que tú estas más nerviosa que yo. — Le
[SINAÍ]Lo veo bajando del caballo, caminar hacia mí y sonrió al verlo todo sudado, creo que solo él es el que se ve sensual de esa manera. Definitivamente me he ganado la lotería... —¡Mi amor!— Me dice con una enorme sonrisa y al llegar frente a mí, me sujeta de la cintura y me pega a su cuerpo. —Es lo mejor del mundo verte aquí después de cada competencia. — Me dice y comienza a besarme de manera desaforada causando que todos los que están alrededor tozan de manera falsa.—¡Oye, que no están solos!— Nos grita Marco cuando pasa a nuestro lado y reímos.—Lleva razón, suéltame. — Le pido intentando pretender estar ofendida y mi esposo me mira preocupado.—Hace un momento en el vestuario, no pensabas igual.— Se queja.—Sí, pero ya se me quitaron las ganas. — M










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