Atravieso el corredor, determinada y decidida a expiar mis culpas. Abro la puerta que conduce al patio y salgo al exterior para recibir la lluvia divina que proviene del cielo. Una vez que mis pies tocan la grama, la lluvia comienza a bañar mi cuerpo hasta empaparlo. Caigo de rodillas al piso y le suplico al señor por su perdón.
―Lo siento, lo siento, Señor ―lloro y ruego con desconsuelo―. No debí ir a aquel lugar, no fue mi intención desobedecerte, tampoco intento excusarme, pero no tuve otra