―¿Cómo está, Victoria? ―pregunto, ya un poco más calmado―. Lamento haberlos obligado a suspender su luna de miel ―le expreso, avergonzado―. No era mi intención arrastrarlos de cabeza a mi maldito infierno.
Abro la llave del lavabo, meto un vaso debajo del chorro para llenarlo con agua y tomarme un analgésico antes de que mi cabeza estalle como una granada.
―No te preocupes, Lud ―me indica con la voz apesadumbrada―. Sigue muy afectada por lo que sucedió con Rachel y su familia ―apoya su hombro co