Narra: Amelia
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Dos minutos. Las paredes de cristal templado de la sala de juntas del Banco de Pagos Internacionales reflejaban el parpadeo rítmico de los servidores centrales de Basilea. La mesa de conferencias, una superficie inmensa de caoba y acero, parecía el escenario pulcro de una ejecución corporativa. Frente a mí, Julian Cavendish se reajustó los puños de su abrigo con una parsimonia que delataba su absoluta certeza de victoria, mientras los oficiales suizos conectaban las termi