Narra: Alexander
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El temporizador se extinguió en un destello opaco en la pantalla de mi terminal de titanio, marcando no solo el final de las doce horas de Rebeca Jones, sino el colapso absoluto de mi estatus legal en el continente europeo. Mis llaves biométricas personales, aquellas que me daban acceso a las líneas de crédito preferenciales de Fráncfort y al control de los servidores perimetrales de la City de Londres, habían sido desactivadas desde la raíz del holding. Ya no era el