Narra: Amelia
El aire dentro de la catedral de San Lorenzo, iluminada únicamente por la luz mortecina de los cirios votivos y el destello frío de las cámaras de seguridad que todavía operaban bajo nuestro protocolo, era una mezcla asfixiante de incienso y secretos metálicos. Alexander avanzaba a mi lado, su presencia masiva y protectora envolviéndome en una burbuja de seguridad que contrastaba con la hostilidad de este lugar sagrado que habíamos profanado tantas veces. Su mano, ruda y posesiva,