Ignoró las miradas críticas que la atravesaban como alfileres. Brenda respiró hondo, tragó su propio miedo —ese nudo espeso que parecía no moverse nunca— y entró al centro comercial.
El aire acondicionado la recibió como una bofetada fría. No importaba. Tenía una misión.
Primero, la sección de ropa femenina.
Tenía que conseguir eso antes de todo lo demás.
Pasaron quince largos minutos —quince eternidades caminando entre percheros repletos de colores, chillones y telas que olían a químico nuevo—