Tiempo después, Brenda despertó.
No fue un despertar limpio ni amable; más bien, una ascensión lenta y torpe desde un pozo profundo. Casi inconsciente, fue recuperando el aliento a tirones, como si cada bocanada de aire fuera una cuerda que la arrastraba de vuelta a la realidad.
Y, a medida que su respiración se estabilizaba, también lo hacía su conciencia… lo suficiente para darse cuenta de que no estaba en ningún lugar que reconociera.
Ya no estaba en la calle. Tampoco en su refugio improvisa