Los tres días en Málaga no podían haber empezado de una manera más urgente y desesperada para los dos. La espera, el peligro y las videollamadas a distancia, habían cargado la atmósfera con una tensión insoportable que, por fin, encontró su hora para liberarse.
Alejandro, todavía cargaba el traje arrugado por la presión del viaje. Rompió el beso solo para jadear contra la boca de Sofía. Sus manos abandonaron su cintura para aferrarse a su rostro, obligándola a mirarlo mientras sus pulgares acar