Al llegar al exterior, Elizabeth conducía la silla de Oliver hasta una parte del jardín con una hermosa fuente y muchas plantas y flores.
— Realmente es muy bonito. Gracias — dijo Elizabeth, que en realidad agradecía por haberla sacado de la sala de té.
A pesar de mantener una postura serena y digna, por dentro estaba hecha añicos. Oliver sonrió, entendiéndolo perfectamente.
Después de un rato contemplando el jardín, regresaron a la casa y encontraron a Martha y Pamela en una de las salas de pas