El domingo amaneció soleado, tiñendo el cielo de un azul cristalino. La casa de los Walker, iluminada por los primeros rayos de sol, rebosaba alegría y expectación. Elizabeth, radiante, vestía un elegante vestido blanco, bordado con delicados encajes en el cuello y las mangas. Su vientre, aún discreto, comenzaba a revelar los signos de una nueva gestación, aportando al hogar un brillo especial.
En la sala, John, impecable con un traje gris claro, ayudaba a Antony a ajustarse la corbata de moño