el periódico y había seguido toda la conversación.
—Tu hijo es imposible —dijo Martha, con la voz quebrada por la ira—. Se ha ido de viaje sin avisarme. Ni siquiera su secretaria sabe adónde ha ido. ¡Imagínate, Roger!
—Quizá haya ido a reunirse con su mujer —dijo Roger con calma, doblando el periódico. —¿No está ella de viaje?
Martha se detuvo un instante, pensativa. Eso tenía sentido, y la simple posibilidad la inquietaba aún más. Se levantó y comenzó a caminar de un lado a otro de la íntima sala de la pareja.
—Desde que se casó, ha cambiado por completo. Está ciego por esa mujer insignificante.
Roger suspiró, observando a su esposa con expresión cansada.
— Martha, querida... John ya es un hombre hecho y derecho. Uno de los empresarios más respetados del mundo. ¿Por qué insistes en querer controlar tu vida de esa manera?
Martha dejó de caminar y se volvió para mirarlo con los ojos chispeantes.
— ¡Solo quiero lo mejor para él, Roger! —dijo con voz tensa. — Esa mujer entró en su vida c