Elizabeth caminaba con gracia y ligereza, como si el mundo a su alrededor estuviera en cámara lenta.
—Vaya... Qué guapa está —susurró Bruce, encantado, antes de poder contenerse.
John lo miró fijamente.
—Debo recordarle, señor Pratt, que es mi esposa —dijo con una brusquedad que hizo sonrojar al asistente.
—Lo siento, señor. No era mi intención ser irrespetuoso. —Amaba a su novia, pero la señora Walker era realmente muy guapa.
Elizabeth estaba deslumbrante con un vestido amarillo con delicados detalles blancos. La ligera tela se amoldaba con elegancia a su cuerpo, y una banda del mismo color resaltaba su fina cintura. El sombrero, del mismo color, estaba adornado con un discreto lazo blanco. Dondequiera que pasaba, atraía las miradas, que ella parecía ignorar por completo.
El corazón de John latía con fuerza, a un ritmo acelerado, como si fuera a salirse por la boca al verla acercarse. Al poner la mano en la puerta para abrirla, de repente, una escena inesperada lo dejó paralizado en