En la oficina, John ni siquiera se tomó la molestia de devolver la llamada de su madre. Sabía que, tarde o temprano, ella volvería a llamar.
Intentó concentrarse en los documentos frente a él, pero su mente insistía en divagar. Su capacidad de enfoque, antes implacable, estaba debilitada. Leía la misma línea dos o tres veces antes de comprender su sentido.
El timbre del celular lo arrancó de la distracción. No era su madre. Era su abuelo. Y a él no podía ignorarlo.
— Hola, abuelo —dijo, forzando firmeza en la voz.
— John, hijo mío… ¿por qué ya no vienes a visitarme? —La voz de Oliver era serena, cargada de afecto.
— He estado muy ocupado, abuelo —intentó justificar—. Muchos viajes de negocios… lo siento. Pronto iré a verlo.
— ¿Cuándo? —insistió el anciano, con paciencia y suavidad—. Tu madre está hecha una furia, no sé por qué. ¿Pasó algo entre tú y Elizabeth?
El nombre de ella cayó como un peso en el pecho de John. Guardó silencio durante unos segundos.
— ¿John? ¿Está todo bien entre