•Capítulo 2•

Sonreía mientras me miraba fijamente a los ojos, y aun así... no lograba descifrarlo. No sabía si realmente ya estaba bien o si solo estaba intentando aparentarlo, y esa duda se quedó dando vueltas en mi mente.

Sin pensarlo demasiado, me acerqué un poco más a él y lo abracé con fuerza, como si de alguna manera pudiera transmitirle calma. Terminamos recostándonos en la cama, y lo envolví entre mis brazos con cuidado.

Poco a poco, su respiración se fue volviendo más tranquila... hasta que se quedó dormido.

Lo observé en silencio.

Se veía tan vulnerable, tan distinto, que por un momento no parecía el mismo de siempre. Parecía un niño pequeño al que le habían quitado algo importante, buscando refugio en el único lugar donde se sentía seguro.

Aunque fuese mayor que yo... Esteban seguía teniendo algo de niño en él.

Y no sabía por qué, pero eso me enternecía demasiado.

Me quedé abrazándolo durante varios minutos, sin moverme, dejándome envolver también por esa calma... hasta que, sin darme cuenta, el sueño terminó por alcanzarme.

[...]

Cuando desperté, la habitación estaba completamente oscura. Parpadeé un par de veces, algo desorientada, hasta que miré la hora.

Las nueve de la noche.

Me moví con cuidado para no despertarlo y me levanté despacio de la cama. Salí de la habitación en silencio y caminé hasta la cocina.

La casa estaba vacía.

Pensé en él... en lo mal que la había pasado.

Y casi por impulso, decidí hacer algo que sabía que le gustaría.

Preparé sus crepas de pollo favoritas, tomándome el tiempo necesario, y también su jugo de mora. Mientras lo hacía, no pude evitar pensar en lo mucho que le gustaban esas cosas simples, en cómo pequeños detalles podían cambiarle el día. Preparé también para mí, ya que no había nadie más en casa.

Cuando terminé, acomodé todo en una bandeja y regresé a la habitación. Me senté a su lado y, con suavidad, deslicé mi mano por su cintura.

—Esteban... —susurré.

Se movió levemente.

Abrió sus ojos azules poco a poco... y al verme, sonrió.

—Princesa... —dijo en voz baja, aún adormecido.

No pude evitar sonreírle de vuelta.

—Ya son las nueve —le dije con suavidad—. Te preparé tu comida favorita.

Sus ojos se iluminaron un poco más.

—Gracias... eres la mejor amiga que alguien podría tener —respondió, mirándome directamente.

Sentí algo cálido en el pecho al escucharlo.

Le entregué su plato y su vaso de jugo, y comenzamos a comer juntos mientras veíamos un K-drama, como tantas otras veces. Todo se sentía tan normal, tan nuestro... que por un momento olvidé por completo lo que había pasado.

Cuando terminamos, lo miré con atención.

Había algo que necesitaba saber.

—¿Ya estás bien? —pregunté finalmente.

Él sostuvo mi mirada sin dudar.

—Contigo como mejor amiga, siempre voy a estar bien.

Quise creerle.

De verdad quise hacerlo.

Pero aun así... algo dentro de mí no terminaba de quedarse tranquilo.

Y además de eso... había algo más.

Enojo.

Enojo hacia Lucí por la forma en la que lo había tratado.

Y no... no pensaba quedarme así.

[~~~]

Al día siguiente, todo volvió a la rutina. Me levanté, hice mis quehaceres, asistí a clases, avancé en tareas... fue un día completamente normal, como cualquier otro.

Hasta que, al terminar, Angie me escribió para salir a comer helado. Acepté sin pensarlo demasiado, me arreglé y salí a encontrarme con ella. Llegué a la heladería Dawn y nos sentamos a hablar, como siempre, entre risas y conversaciones sin importancia...

Hasta que la vi.

Lucí.

Mi expresión cambió al instante.

Sentí cómo el enojo regresaba de golpe.

Sin pensarlo, me levanté de la silla y caminé directamente hacia ella.

—Hola —saludé con un tono serio.

—Hola —respondió con total tranquilidad.

Eso me irritó aún más.

—¿Es en serio? —dije, mirándola fijamente.

—¿Qué cosa?

—¿Así terminas con alguien? ¿De esa forma tan fría? ¿Sabes cuánto te quería?

Ella alzó ligeramente las cejas, sin perder esa actitud despreocupada.

—Mira, si a ti te parece fría la forma en la que le terminé, no es mi problema, ¿vale? Tu amigo es muy atractivo, sí... quizá me gustó. Pero no me dio lo que quería. Y, sinceramente, no quiero un novio que esté más pendiente de su amiguita.

Sus palabras me cayeron como un golpe.

—¿Qué no te dio lo que querías? ¿De qué hablas? ¿Qué más querías? —respondí, cada vez más molesta.

Ella soltó una pequeña risa.

—¿Tú por lo menos sabes lo que hacen las parejas cuando están a solas? —dijo con tono burlón—. No quiso hacer nada conmigo, por más que lo intenté... ¿está esperando a la indicada? Por favor, ya no estamos en los años ochenta.

Me quedé en shock.

No esperaba eso.

No supe qué decir por unos segundos.

—¿Sabes qué? —murmuré finalmente—. Creo que tú no lo mereces... ni a él ni a nadie. Eres una idiota.

No esperé su respuesta. Simplemente me di la vuelta y me fui, porque si me quedaba un segundo más... sabía que iba a decir algo peor.

Regresé con Angie, terminamos el helado, hablamos un rato más... y luego me fui a casa.

Pero mi mente no se quedó en calma.

No podía dejar de pensar en lo que había dicho.

En lo que implicaba.

En él.

¿Cómo era posible que Esteban se hubiera negado?

No era algo común.

No era lo que la mayoría haría.

Y, aunque intenté no darle demasiadas vueltas... no podía evitar pensarlo.

Con ese cuerpo... con esas curvas...

Era imposible no notarlo.

Incluso llegué a pensar que, si yo fuera hombre, no habría podido resistirme.

Pero, al mismo tiempo... había algo en eso que me parecía bonito.

El hecho de que quisiera esperar.

El hecho de que no fuera como los demás.

Tal vez por eso siempre lo dejaban.

Tal vez muchas chicas esperaban algo distinto.

No lo sabía.

Y después de pensarlo demasiado... decidí dejar el tema ahí.

Ya había pasado casi un mes, y Esteban parecía estar bastante bien. Volvimos a disfrutar los días con nuestros amigos como siempre.

Por mi parte, había conocido a un chico por redes sociales. Se llamaba Manuel. Era simpático, respetuoso y bastante juicioso, y además teníamos muchas cosas en común. El único problema era la distancia, ya que vivía en otro país.

Aun así, seguimos hablando cada día más... y sin darme cuenta comencé a sentir una conexión con él.

Me gustaba.

Cada vez más.

Pero no quería decir nada. Me daba miedo que no sintiera lo mismo o que todo cambiara.

Un día entramos a ver un en vivo de un amigo suyo. Estábamos leyendo comentarios y hablando con otras personas en el chat, cuando otro chico escribió que yo era muy linda y preguntó si tenía novio. Me reí al leerlo...

Pero, antes de responder, apareció su mensaje.

—Sí tiene novio... y soy yo.

Mi corazón dio un vuelco.

Me quedé mirando la pantalla, sin saber exactamente qué sentir.

Emoción.

Nervios.

Confusión.

Todo al mismo tiempo.

Así que le escribí por privado.

—¿Soy tu novia y no lo sabía? —escribí, agregando unos emojis sonrojados.

—Es broma... pero si quieres, no lo es —respondió.

Sentí cómo mi corazón comenzaba a latir más rápido.

—Me gustaría que no fuera broma... creo —respondí con algo de nervios.

Pasaron unos segundos.

Eternos.

—A mí también... la verdad me gustas mucho, pero me daba un poco de pena decírtelo —contestó.

Abrí los ojos, sorprendida.

¿Yo le gustaba?

No lo podía creer.

Una sonrisa apareció en mi rostro sin poder evitarlo, y sentí una felicidad enorme, difícil de describir.

Me sentía especial.

Y completamente emocionada por lo que estaba empezando.

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