Al día siguiente, todo continuó igual: los interrogatorios, los juramentos, todo se mantuvo tal y como un día antes, salvo que un día antes la declaración se había centrado en Luciano D’Angelo y esta vez las declaraciones eran de todos los acusados.
Luciano D’Angelo permanecía sentado, en silencio, mientras los acusados trataban de defenderse con uñas y dientes; incluso ahí mismo ya no importaba si traicionaban; lo que cada uno buscaba era librarse de la menor cantidad de años de condena.
Era